Es difícil, y más aun a estas edades, enfrentarse en el día a día con la vida.
Nos queda mucho que aprender a nosotros, los adolescentes. Pero también es cierto que sufrimos por aquello que los adultos que nos rodean sufrieron en su día. Piensan que machacándonos para que consigamos lo que ellos no consiguieron seremos felices y no se paran a pensar que somos personas distintas, con otros objetivos, caminos diferentes…
No necesitamos que los adultos nos enseñen matemáticas, historia, biología, geografía, lenguas, artes, etc. Necesitamos que primero aprendan ellos a qué es la vida, cómo convivir, cómo dar una enseñanza sin gritos ni puños, cómo protegernos ante el miedo sin que eso nos suponga un obstáculo el día de mañana.
Porque nosotros ya tenemos nuestra historia, nuestras cuentas para poder llegar a fin de mes, nuestro arte, nuestra lengua…
A ellos. A ellos y después, a nosotros.
Pues solo necesitamos calor humano y saber vivir sin angustias.